domingo, 10 de febrero de 2013

La Vida y la Muerte Están Inseparablemente Unidas




La muerte pertenece tanto a la vida como la vida pertenece a la muerte. Ambas no pueden existir sin la otra, puesto que la una es tan dependiente de la otra como el estar despierto y el dormir. Y así como el sueño entra sin que el ser humano lo pueda evadir, así también entra la muerte al final de los días, tanto si la persona lo desea o no. Sin embargo, durante su vida, ella apenas o casi nunca piensa en ello, y ni qué decir de los sentimientos que pueden surgir con respecto a la muerte. Los pensamientos al respecto se expulsan completamente de la conciencia, a pesar de que sería mejor reflexionar a fondo sobre ello para entender el verdadero sentido de la muerte, ya que de ese modo se volvería también claro el sentido de la vida. Pero de ninguna manera, ningún pensamiento y sentimiento va en esa dirección, y esto aún cuando las personas se confrontan diariamente con las malas noticias de guerras, crímenes, accidentes, asesinatos y catástrofes que cuestan la vida a millares. Pero casi nadie piensa que esta muerte también puede alcanzar la vida propia. Con toda evidencia muchas personas parecen creer que la muerte sólo alcanza a los otros, pero no a la propia persona. Sin embargo, precisamente ese no es el caso y no es correcto, pues todos los seres humanos tienen cuerpos materiales que están igualmente integrados al proceso de envejecimiento y al carácter de lo pasajero y por lo tanto fallecerán y tarde o temprano caerán en la muerte. Naturalmente hay una gran diferencia si una muerte sucede de manera natural o accidental, por enfermedad o de manera violenta; sin embargo, sea como sea, será inevitable para todas y cada una de las personas. Por eso el ser humano siempre debe cuidar de enfrentarse intuitivamente y mentalmente con la inevitable realidad de la muerte, es decir, tanto con respecto a la propia persona, como también en relación con los parientes más cercanos y los semejantes en general. A través de esta forma sensata de pensar y a través de los sentimientos controlados que surgen de ello, emerge la certeza que la muerte pertenece tanto a la vida y también a la imparable evolución, como la vida también pertenece a la evolución y a la inevitable muerte. Por eso la muerte nunca debe reprimirse, sino que debe reconocerse como “una madrina” para la continuación de una vida en el más allá, a la cual la forma espiritual le abre el camino para un renacimiento. Por lo tanto, el ser humano debe mirar la cara a la realidad de la muerte y reconocer su sentido y su finalidad y concienciarse de que sólo a través de la muerte puede suceder un progreso hacia otra vida. El ser humano debe familiarizarse con la muerte, la cual significa más que sólo el morir del cuerpo material.
Y en realidad, si se reflexiona profundamente sobre la vida y la muerte así como sobre el fallecimiento y el sentido de la vida - el cual significa la evolución consciente – entonces no es difícil comprender la certeza de la muerte. El universo es muy antiguo, sin embargo no hay en él ningún ser vivo que esté ligado materialmente a un cuerpo, ya sea de naturaleza animal o humana, que sea inmortal. Sólo es inmortal la energía creacional, de la cual consisten todas las formas espirituales de naturaleza animal y humana así como vegetal. Así también es propio de la naturaleza del cuerpo humano que sea pasajero, vulnerable y variable, siendo totalmente igual de qué índole sea este cuerpo, tanto gordo como delgado, bonito o feo. En todo caso, desde el nacimiento él va incesantemente en dirección a la muerte y al fallecimiento, no habiendo nada que se lo pueda evitar. Incluso la riqueza o la pobreza no juegan ningún papel en la muerte, tampoco la fuerza corporal o la debilidad, ni la adulación o la hipocresía, ningún soborno, ningún ruego y ningún maldecir o cualquier otra cosa que el ser humano se pueda imaginar para escaparse de la muerte. Es decir que la muerte no hace ninguna distinción y busca a todos los que alguna vez nacieron. Si el ser humano reflexiona sobre la muerte, entonces al principio le invade un cierto malestar que lo intranquiliza, porque al principio, en sus pensamientos y en sus sentimientos, él cree reconocer y sentir algo amenazante en la muerte. Pero esta reacción también es útil, pues ella permite reconocer que la muerte realmente es inevitable y que está presente permanentemente en todas partes. Aunque el ser humano no sabe el momento de su muerte, cuando la vida se le derribará; de todas maneras él debe tener siempre la certeza de que la vida llegará a su fin por medio de la muerte. Nadie sabe cuándo le llegará la última hora; puede ser ya la próxima - o tal vez al día siguiente, en una semana, en un mes o en un año, en una década, o en tres o cuatro. Ninguna persona puede garantizarse a sí misma o a sus semejantes que aún vivirá la próxima noche. Incluso una minúscula circunstancia es capaz de provocar que la compañera muerte exija su derecho y que el ser humano deba abandonar repentinamente y de imprevisto su mundo material.
Las causas para ello pueden ser variadas y se pueden encontrar incluso en los alimentos, en el aire que uno respira o en las medicinas, en venenos y en toda clase de cosas en las que la persona nunca piensa. A fin de cuentas todo es posible para que la muerte le prepare un final a la vida, ya que ella no tiene necesidad
El ser humano bien puede determinar qué labores hace durante su vida y qué forma de amor, de conocimiento, y de sabiduría así como de alegría, de libertad y el carácter de su paz, de su alegría y libertad, él quiera adquirir y construir para sí mismo para cumplir evolutivamente la existencia de su vida, pero a pesar de esto, él últimamente no tiene ningún poder para determinar cuándo la muerte echará mano de él. Incluso cuando la persona se mata a sí misma, ella no posee ningún poder sobre ello, pues a través del suicidio sólo se escapa del tiempo real que es establecido por él mismo; en consecuencia, una ejecución de la propia vida es un hecho de destrucción y una huida cobarde de la vida y de la percepción que se tiene de la responsabilidad ante la vida y ante la muerte.
Cuando la persona muere, entonces pierde su cuerpo físico con todas sus fuerzas corporales. Pero también pierde a todos los seres que le fueron queridos en su vida, su familia y amigos, así como todos los conocidos y demás semejantes. Ella debe dejar atrás todas sus posesiones en el mundo material, así como también su poder y gloria y también sus aptitudes y oportunidades. Ella no puede llevarse nada al más allá, pues en el reino de la muerte no existe ninguna cosa material como en el mundo en el que se vive la vida actual. Tampoco puede ser acompañado por nadie cuando él, el ser humano, pasa de la vida a la muerte; no puede llevar consigo a ningún amigo, a ningún ser querido y ningún conocido, pues en el reino de la muerte sólo existe la energía del espíritu y la energía de la conciencia universal, de la Creación. Cuando el ser humano muere, entonces debe morir sólo, aún cuando esté acompañado por sus seres queridos, amigos y conocidos durante el camino al fallecimiento. Pero esto no es un acompañamiento a la muerte sino solamente un acompañamiento al morir, que no anula la soledad en la muerte y en el morir. El acompañamiento durante el fallecimiento está muy bien; sin embargo, ello no cambia nada en la soledad del fallecimiento, pues este camino debe recorrerlo cada ser humano completamente sólo y nadie puede acompañarle en el fallecimiento real de manera directa y al reino de la muerte. De tal modo que el acompañamiento durante la muerte es sólo un asunto exterior y material que puede traer expresiones de solidaridad material, etc., las cuales hacen que el moribundo, p. ej., reciba amor y sienta paz.
Lo que el ser humano puede llevarse a la muerte es sólo su forma espiritual de naturaleza creacional, pero nada más, pues todo su conocimiento, su verdadero amor, su sabiduría, sus facultades, sus aptitudes, sus costumbres y posibilidades, etc., no están dentro de él mismo sino en los bancos de almacenamiento, los cuales perduran por todos los tiempos y desde los cuales, después del renacimiento de la forma espiritual en un cuerpo nuevo, la personalidad nuevamente creada por el bloque conjunto de la conciencia puede “extraer”nuevamente los conocimientos en forma de impulsos, consciente o inconscientemente. Por lo tanto, con la muerte se conservan y se depositan definitivamente en los bancos de almacenamiento todos los conocimientos y todo talento, así como todos los potenciales que la personalidad acumuló mediante sus pensamientos, sus sentimientos, así como mediante sus acciones y emociones, etc., y luego la personalidad antigua se disuelve mediante un proceso transformador del bloque conjunto de la conciencia para hacerle sitio a una nueva que se creará como algo nuevo.
Si el ser humano se esfuerza durante su vida en organizarla y cumplirla correcta y evolutivamente, y también en prepararse conscientemente para la muerte, entonces también adquirirá respeto ante la muerte y también ganará y mantendrá la confianza para que, al final de sus días, reciba la muerte con dignidad y sepa tratar con eficacia y sin temor las experiencias que se manifiestan durante el proceso de transición a la muerte.
Si el ser humano se capacita verdaderamente durante su vida para desarrollar una concienciación en relación al fallecimiento y a la muerte, entonces será capaz de manejarse de una forma tan digna con su morir y con su muerte como ambas lo merecen. A medida que las funciones particulares del cuerpo material se disuelven poco a poco, entonces aparecen la felicidad, la paz, así como también el verdadero amor y una libertad sin límites, que dejan reconocer la irradiante luz del plano elemental del más allá espiritual. La conciencia decae en agonía, por lo que desaparece el mundo material como a través de un velo y deja el paso hacia una esfera que resplandece con una claridad radiante y que palpita llena de armonía, la cual ningún ojo material puede descubrir. La condición material de la conciencia se disuelve y la luz clara del umbral de la muerte, señala el camino hacia la infinidad creacional del más allá.(Traducido por Wolfram Heine, Ramón Sambola y Juan Villegas)